22 noviembre 2017

LA MAR HABÍA SIDO UN PAISAJE





La mar había sido un paisaje desde la azotea antes de mis diez años; un lienzo azul con irisaciones, bajo el a veces inmaculado cielo, separados por una imaginaria línea horizontal como hasta entonces no había sido capaz de trazar. Desde la casa paterna, a veces se apreciaba la silueta de un mercante que se me antojaba parsimonioso, como recreándose en su propia estela; más raramente un velero como aquellos de las aventuras de “El Cachorro” que solía devorar. El día del examen de ingreso descubrí algo más mágico que el notable de la prueba: los pies descalzos, las sandalias en las manos y las olas en el rebalaje que escarbaban mis pies como invitándome a disfrutar el baño. Un leve mareo. Una fuerte atracción de la que nunca más me volvería a desprender. El Instituto proyectaba su sombra de tres plantas sobre la arena y la desierta playa del curso escolar era con frecuencia el recreo de los sentidos y el lugar de los juegos. A escasos metros, el Muelle de Piedra, dársena abierta sobre la que aventurar algún remojón por caída y la captura de algún cangrejo y su escapatoria lateral. La mar incólume, grandiosa, en constante movimiento aun en los días de calma, órgano gigantesco de afinación salina y música sugerente de otras latitudes. Al fondo a la derecha, la enhiesta silueta del Peñón de Gibraltar, frontera incomprensible y fuente del estraperlo con el que tantos solventaron sus vidas bordeando la legalidad por el pan de cada día. En los días de luz absoluta, la cordillera del Atlas como telón de fondo delineando frontera. Y aquí, en el rebalaje, un número indeterminado de sardinales, varadas bajo el sol, esperando el atardecer para desplegar su vela latina en busca del número de brazas necesarias donde fondear las redes y sacarle las escamas de plata al seno marino, manjar de moragas y materia prima del saladero. La mar había sido un paisaje desde la azotea, ahora era fuente de vida y de riqueza modesta y duramente trabajada.

20 noviembre 2017

APOSTADO




Apostado en la jamba derecha,
tras tomar café,
y mirando al paseo,
me resultaba más atractivo
que el vocerío en medio
de una densa atmósfera de humo.

“¡Las cuarenta!”  ─sonó desde el fondo─

Ella había doblado la esquina
radiante como el alba. Era toda de luz
y gracia suprema,
un emanación de caminar cadencioso.

Fue como casual, mas yo estaba apostado,
y en sus labios una gran sonrisa
precedieron a mis torpes palabras;
luego, como quien sigue el curso de la vida,
se fue alejando con armonioso caminar
y cierta cimbra
de los mimbres de sus miembros.

Antes de desaparecer,
me envolvió en su mirada
y la acompasó con una mueca.

Apostado, y había merecido la pena.

18 noviembre 2017

EN LA DISTANCIA




Fue fuego
y acabó en el rescoldo de este tiempo;
un recuerdo de juventud que no ha logrado
aquietar por completo
aquella huella de ayer que comenzó
como un leve rasguño casual.

Era piel de azucena…
El verano de Marbella
ni siquiera fue un desaliño
en su cutis de almíbar
y su acento eslavo
sigue siendo eco musical
en mi oído interno.

Sus ojos…      No recuerdo.
Me quedé preso en el ámbito del todo
y sigue siendo
una aventura inocente de juventud
que nunca fue sino jarabe de anhelos. 

16 noviembre 2017

TODOS LOS ATARDECERES




Todos los atardeceres
se derrama la luz por el río
y, envuelto en manto plata,
se aleja y amodorra el murmullo
mientras las sombras cobijan a los vencejos
por los aleros y las espadañas
y briznas del ayer huido
cierran las cortinas del cielo
para abrirlas nuevamente al alba.

Por la callejas del agua,
remecidas en los meandros,
rumores de copla por los arrozales
y flamencos y grullas y patos, cigüeñas y ánsares:
la marisma, milagro en sí misma.

Todos los atardeceres,
entre tu orilla y mi orilla, impaciente y dulce espera;
y en el valle de mi pecho una flor que se marchita,
que mustia y desespera por una mirada tuya,
un puente de tus pestañas, un guiño,
una complacencia desde tu boca a mi boca
con regusto de permanencia.

14 noviembre 2017

MIENTRAS LA TIERRA YERMA




Mientras la tierra yerma
dialoga con la lluvia mansa a grandes sorbos
y en su ansia acabará ahíta,
el gusano escarba en la hojarasca
y el jilguero enrojece el buche de deseo
y sueña bocados exquisitos;
el búho, en la rama, es agudeza sin destello
que vigila todos los movimientos
ahorrando esfuerzos que pudieran acabar
sin recompensa.
En el corral, una gallina enhuera en silencio
y el gallo hace ligero duermevela esperando al alba;
bajo la herida de la azada,
se acurruca la simiente con la promesa de germinar
y en el naranjo, lo que fuera azahar,
son bolitas verdes que canturrean cítricos alientos
En la modesta cama del labriego,
el descanso se abriga en los lienzos de esperanza
y se regocija con la música del agua.


12 noviembre 2017

COMO LA NOCHE ANTERIOR




En Viena, donde nunca estuve,
me esperaban unas cien doncellas
con las que habría de danzar
y festejar la vida como coyunda escindida
entre el aquí que me urge y el más allá.

Sonaba un vals, al que no supe identificar,
pero lo hicimos volutas interminables;
el salón de baile, con sus arañas de cristal,
era un observatorio sobre tarima amachimbrada
donde todos eran vigilados y escudriñados.

Te quiero, me decían sus labios silenciosos
rodeando mi cuello hasta el oído más próximo.
Acababa de traspasar el umbral
hacia lo desconocido cuando tuve conciencia
de haberla sujetado con firmeza por la cintura,
como maroma que maniata al averno.

De repente, jadeaba por el ejercicio
y su busto era un fuelle de fragua
que enrojecía el fuste
que siempre había imaginado indómito.
Salimos al jardín, donde los jacintos
rivalizaban con su hermosura hasta languidecer.

Hacía frío.En Viena hace frío en noviembre
como resbalan los besos por los hombros
de un palabra de honor
que nunca hubiera dado el plácet.
Ella era de humo cuando yo era fuego;
ella tangible para mi pulso acelerado…

Y llegó la mañana con luz tenue,
mientras en la radio seguía sonando
música de no sé de cuál de los Strauss,
como la noche anterior.

10 noviembre 2017

OTOÑO




Una parva, el mullido suelo de otoño
es una era desaforada, sin lindes,
donde los fumadores sienten
ansias por liar
y las ramas los escalofríos de la desnudez.

Todavía en el ambiente
el aroma característico de la castañera
y el sonido del plegado de papel de periódicos
haciendo cucuruchos
donde expender la candente mercancía.

Por lo recóndito del parque,
el barrendero con un soplido mecanizado
y la barredora mecánica sorbiendo,
con bastante más ruidos que nueces.

Casi en lo inmediato, pasos acelerados
que no quieren perder el autobús,
cada vez más próximos a la parada,
con el acompañamiento musical
de la hojarasca mancillada.

Otoño; la desnudez que reviste el pavimento.